Experiencias del Camino 2015… Mª Jesús Patiño

Marcelino, Isabel y Mª Jesús

Marcelino, Isabel y Mª Jesús

    En este primer Viernes de Noviembre, vamos a compartir con vosotros el testimonio de Mª Jesús Patiño, de Alcazar. Conoció el Camino en su parroquia a través de uno de los organizadores y, junto con su marido, sintieron que era su momento para vivir esta experiencia. Esperamos que lo disfrutéis.

    ¡Hola caminantes peregrinos! Soy Mª Jesús Patiño Patiño. Un saludo a todos y gracias por todo.

    Voy a ser valiente, como me decía mi concha, pues de otra manera no me hubiera atrevido a escribir mi testimonio. Pues ahí voy, a escribir mi testimonio sobre el camino de Santiago, mi camino. Pues está claro que a cada persona le ha marcado y le seguirá marcando de una u otra manera. De lo que no hay duda es que el camino marca y así nos ha pasado a mi marido Macelino y a mí.

Mi Testimonio

    Yo al principio me lancé a la aventura nada más informarnos Álvaro, en una reunión de la parroquia, de todas las actividades que habría para el verano, entre ellas, El Camino de Santiago. Al salir de la reunión Marce y yo nos miramos a la cara y parece que nos leíamos el pensamiento. ¿Será éste nuestro momento?. Pues la idea de hacer el camino y de esta forma (en comunidad cristiana) nos andaba rondando en la cabeza hacía tiempo. Mi hija mayor, Clara, también lo hizo en comunidad cristiana con la JMJ y vino hablando maravillas. Y de ahí surgió el deseo.

Comiendo en Gondán, con la colada de fondo.

Comiendo en Gondán, con la colada de fondo.

    Al principio nacen los miedos: ¿podré, no podré, superaré este reto tan arriesgado…? Yo sabía que físicamente sí lo conseguiría, pues estaba entrenada de pasear con mi “perrillo” casi todos los días durante una o dos horas, pero tenía miedo a no soportarlo psicológicamente, pues a mí me resulta muy difícil convivir mucho tiempo con mucha gente. Me pone muy tensa tener que acudir a las necesidades de uno, a las necesidades de otro…, tener que hablar con alguien, con el que a veces te salía fluida la conversación, y otras no tanto. Había, algunas veces, que forzar la conversación y esforzarse mucho para hablar de algo, aunque fuera trivial. A mí esto me cuesta mucho, parecerá mentira. Pero no, luego te das cuenta de que la organización tiene el camino muy estudiado y sabe muy bien lo que hace.

    Después del desayuno de cada día, hacíamos un ratito de oración y meditación, con la que iniciábamos el camino (todos con unas ganas enormes, pues parecía que nos comíamos el mundo). La primera hora de la etapa se dedicaba a la reflexión y meditación sobre el tema que tocaba ese día. Todos íbamos en silencio durante esa primera hora. A partir de entonces, tocaba hablar con unos y con otros (cosa que a mí no me gustaba mucho; hubiera preferido mantener el silencio). Tenías que hablar con el que llevabas al lado, con el que iba por delante, con el que iba por detrás, con el que llevabas por el medio (como le ocurría muchas veces a mi cariñete Marcelino que, como fuma tanto y no tiene capacidad pulmonar, en alguna ocasión se quedó el último junto con Álvaro, que solía ir de párroco escoba. Y, claro, yo también me iba al final en busca de él, para darle ánimos y tirar de él, si hacía falta.

    Luego tocaba el primer aliciente de la jornada, la parada para tomar el bocadillo, hecho con amor, de pan gallego y descargar las mochilas. Tras este pequeño descanso, a seguir la marcha.

Los Peregrinos en el Obradoiro

Los Peregrinos en el Obradoiro

    Pero ésta era nuestra única tarea o preocupación, gracias a Dios: andar con nuestras mochilas a la espalda, pensar y reflexionar, conocer al resto de los caminantes… Pues ahora me doy cuenta de que la conversación no era forzada. Salía espontáneamente y fluida y así íbamos haciendo amistad y camaradería.

    El próximo aliciente era la comida casera tan rica que nos preparaba el equipo de intendencia y que nos esperaba tras la dura jornada; los pabellones y albergues que, si bien, unos eran más cómodos que otros, los teníamos a nuestra disposición nada más llegar al pueblo que correspondía; las duchas tan preciadas, el lavado de la ropa en los barreños tan bien organizados. Íbamos lavando cada uno lo suyo, de 2 en 2 o de 3 en 3. Por cierto, una de las veces coincidí en el barreño de la colada con el Señor Obispo Don Antonio y me dio una lección magistral de cómo lavar los calcetines blancos (que él llevaba, pues los míos eran de color negro) y ya poco tenían de blanco, pues en la andadura se habían ennegrecido. Pues bien, él frotaba los calcetines con el mismo jabón que nosotros, pero de una manera muy hábil y quedaban impolutos (quien quiera aprender a hacerlo igual, que me pregunte el truco).

    ¿Cómo no íbamos a poder nosotros con el camino, si el mismo Señor Obispo, con sus 75 años a la espalda y con su mochila también a cuestas, podía y pudo? Este era nuestro acicate; por lo menos el de mi maridete MARCELINO y el mío.

    Luego venían las cañas (Estrella Galicia) antes de comer, quien quería; luego el café, también quien quería; y cómo no, la siesta reparadora que te reponía para poder continuar con el resto de las actividades organizadas o el tiempo libre…

    Todo esto hasta las 23:00 que tocaba apagar las luces y dormir (quien podía, porque yo dormía bien poco, por decir algo) y hasta el madrugador toque de diana que nos daba Pedro, con su voz tan especial, pero llena de cariño.

    Bueno, pues esto ha sido para mí el camino. Pero queda lo más importante: Yo en el camino he conocido al Espíritu Santo. Hasta entonces era mi gran desconocido. Ahora siento la fuerza que me da cada día y me ayuda a seguir adelante.

    Por último, agradecer al Obispo, a los párrocos, al solete seminarista Gabriel y a la intendencia por su gran entrega.

    ¡Ha sido un placer y un gozo!

Mª  Jesús.

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