La experiencia de… María Aurelia Ginés

Maru, a la derecha, junto con un grupo de peregrinos en Lourenzá.

Maru, a la derecha, junto con un grupo de peregrinos en Lourenzá.

    Después de conocer que ha supuesto el Camino de Santiago para Ana Isabel, otra de nuestras peregrinas de este año, Maru, también ha compartido con todos nosotros su experiencia, y aquí la publicamos para todos vosotros. A mi, personalmente, me parece que refleja eso que todos los que hemos peregrinado solemos decir, “el camino es una metáfora de la vida“, y que, hasta que no se vive, no se aprecia al 100%. Esperamos que la disfrutéis!

    Es el último día del Camino. Comenzamos más temprano a andar. Apenas hemos dormido, la emoción de estar a escasos kilómetros de Santiago nos embarga. Es noche cerrada. Enseguida dejamos Pedrouzo y nos adentramos en el bosque. Hay muchos más peregrinos que han empezado pronto la última jornada. Parece que el nerviosismo por llegar no es solo nuestro. Poco a poco nos vamos confundiendo con ellos y dispersando. Intento mantener el ritmo, aunque pronto me van adelantando unos y otros y me quedo sola. No llevo linterna y solo veo el suelo cuando mantengo el paso con otros peregrinos apenas unos segundos. El ruido de de los palos y las pisadas a un ritmo tan fuerte me estremece. Miro hacia todos lados y la oscuridad apenas deja intuir la senda por la que vamos. Sería incapaz de hacer ese camino sola, me asaltarían miedos infantiles a cada paso que me paralizarían. Y mucho menos se me ocurriría hacerlo de noche. Y entonces me vienen imágenes del pasado. ¡Cuántas veces he repetido esa escena! Sola, alocada, a ciegas, deprisa, corriendo por la vida. Hacia delante, siempre hacia delante, tantas veces y sin saber hacia dónde. Y me pregunto cómo no he sentido pánico ante situaciones que me pedían sosiego, calma, acompañamiento y sobre todo luz. Percibo con una claridad paradójica que en el Camino de la vida no puedes ir ni solo, sin brújula, ni luz que vaya iluminando cada rincón, cada espacio, cada día de tu vida. Y pienso en un pasado más joven sin más luz que la propia o con luces que apenas duraban lo que dura el destello de una bengala, y sonrío sabiendo por experiencia lo necio de la presunción.

Amanecer en en bosque antes de llegar a Santiago.

Amanecer en en bosque antes de llegar a Santiago.

    Sigo oyendo palos golpear las piedras y hojas del bosque. No veo a nadie. ¿Dónde está la luz que nos permita caminar con calma, con serenidad, afrontando la realidad cara a cara? Repaso mi relación con Dios y descubro que quizá tiene mucho de postizo, de pose en algunas ocasiones, y que ni siquiera el ser cristiano marca el día a día. ¿Cuántas veces pongo en la oración mi vida, mis dificultades, mis temores, mis miedos con total confianza? Me quedo en el “aparta de mi este cáliz” y me olvido del “pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú”.

    Empieza a amanecer y la primera luz hace desaparecer esas sombras que nos aturden. Voy reconociendo a otros peregrinos, cansados, fatigados. Las cuestas y el ritmo acelerado nos empiezan a pasar factura. Oigo la voz apremiante de don Antonio: “Decidle a Sergio que afloje”. Me reconforta saber que no soy la única exhausta. Me tranquiliza reconocer esas caras que durante apenas diez días han sido compañeras del día y de la noche. Recuerdo la primera jornada en que nos encontramos, en esas caras que se han ido transformando en mi corazón al ir conociendo poco a poco detalles de sus vidas, sus miedos, sus alegrías, sus temores y sobre todo su confianza en el Señor. Es el misterio del otro que tantas veces pisoteamos con juicios, críticas o simplemente con la indiferencia. Y caigo en la cuenta de que deberíamos descalzarnos antes de entrar en ese misterio que es la historia personal de cada uno; de que muchas veces deberíamos estar, simplemente estar al lado del otro, sin más preguntas; de que deberíamos recuperar la mirada y el corazón del niño sin prejuicios. Uno de los milagros del Camino es ése, que nos permite estar más cerca unos de otros, sin que nos sintamos invadidos, agredidos por el otro y sobre todo de querernos a pesar de las diferencias. Porque solo podemos amar lo que conocemos. Y pienso en otros caminos en que he compartido el andar con otros compañeros, con los que no me unía la fe ni la dimensión espiritual que encierra el camino, perdiendo al menos el cincuenta por ciento de lo que significa esta ruta milenaria. Y es que esta experiencia de comunidad de fe marca la diferencia, probablemente percibida por otros peregrinos-caminantes-senderistas con los que nos hemos cruzado y en quienes hemos sido testimonio de Iglesia peregrina.

Llegada a la plaza del Obradoiro.

Llegada a la plaza del Obradoiro.

    La llegada a la Plaza del Obradoiro es emocionante una vez más, es la alegría de haber conseguido llegar a pesar de las dificultades, los cansancios, los temores, de la mano de los otros y del Señor, sabiendo que lo importante está en lo que hemos ido aprendiendo día a día y que nos llevamos en nuestra mochila a casa. Y finalmente la celebración de la Eucaristía presidida por nuestro obispo es mucho más que un signo. Es la certeza de que somos esa comunidad que a pesar de los defectos camina con alegría y esperanza a la luz de la Palabra y la celebración de la Eucaristía.

    En un contexto de lecturas sobre el pan de vida que se nos da en Jesucristo, en la Eucaristía del domingo, último día de nuestra peregrinación, proclamamos el pasaje del libro de los Reyes en el que el ángel del Señor le dice a Elías “Levántate, come, que el camino supera tus fuerzas”. Es un broche para nuestra peregrinación que no puede ser casual. El Ibuprofeno, el Reflex, el Paracetamol, el Fastum, la glucosa, nos han ayudado mucho en las dificultades y cansancio del camino, pero nos servirán de poco en el día a día de nuestro caminar. La Palabra de Dios nos recuerda que no bastan nuestras fuerzas, nuestro voluntarismo, ni siquiera el apoyo en los demás, que es necesario pero no suficiente… Si hemos tenido en algún momento un destello de vanidad al llegar a la Plaza del Obradoiro y pensar lo he conseguido, Dios nos recuerda que si nos ponemos en camino, si caminamos, si llegamos, se lo debemos a Él: Levántate, come, que el camino supera tus fuerzas ¿Qué peregrino puede quitar una sola ampolla a sus pies, un esguince o cualquier lesión que puede impedir seguir caminando? Es un recordarnos día a día nuestra pequeñez, nuestro ser piltrafilla, nuestra debilidad en medio de la soberbia de pensarnos autosuficientes. Quizá las dificultades, el dolor, el sufrimiento son señales en la vida para que recordemos que no somos nosotros los que podemos, que solo confiando en Dios podemos llegar a la meta. Nos hacen más humildes. Es la puerta estrecha por la que tenemos que pasar para reconocer a Dios como Salvador y desterrar otros dioses fáciles que tienen pies de barro.

Amanecer en el primer día de camino.

Amanecer en el primer día de camino.

    Gracias a todos los que habéis hecho posible este Camino. A los peregrinos, porque cada uno de nosotros sabemos las dificultades personales con las que nos hemos puesto en marcha y con las que hemos caminado cada día. A todos los que han participado en la organización (que ya es trabajo), en los que nos han hecho sentirnos como en casa a la llegada cada día a los polideportivos, con una sonrisa y comida caliente, y a los sacerdotes que en el día a día del camino han ido solventando problemas, curando ampollas de los pies y heridas del corazón, escuchando, estando, haciendo un camino propio y también para los demás, superando cansancios personales para estar presentes en las dificultades de los demás, en las crisis personales que de alguna forma u otra todos hemos tenido, por haber sido cauce para que Jesucristo se hiciera presente. Gracias de todo corazón.

    Maru – Agosto 2012

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