Artículo I: Ribadeo – Gondán – Mondoñedo

Playa de las Catedrales

Playa de las Catedrales

    El peregrino-conductor dio volumen a la radio y las alegres notas de una muñeira sacudieron la modorra de los pasajeros. Las gaitas, la secuencia contínua del verdor insistente al otro lado de la ventanilla, y un anticipo de lluvia contra el cristal panorámico del autocar, anunciaron a los peregrinos que estábamos en Galicia, y que el primer paso estaba dado: un paso de muchas leguas desde la amplia y luminosa Mancha hasta el frescor brumoso del Norte.

    La Playa de las Catedrales de Ribadeo, en todo su esplendor por la bajamar, es el proscenio de un horizonte cantábrico desde donde presentir el punto más lejano de nuestro objetivo: la piedra centenaria de la Catedral de Santiago… y mucho más.

    A Santiago se va para tocar el alma de las piedras, para descubrirse el alma misma de cada uno y palpitar al unísono con el alma del peregrino-prójimo. Del agua a la piedra. Y a la dureza del suelo que esa noche acogió a los cansados peregrinos acomodados en el polideportivo del Colegio Sagrado Corazón… Quien quiera comodidades que se vaya a Gandía, decía el guía-peregrino, frase que repetiría en más de una ocasión junto con otros asertos aún más expeditivos o calculadamente evasivos:

¿Hará bueno mañana?

Puede que sí, puede que no.

¿Hay más cuestas desde aquí a Gondán?

Puede que sí, puede que no.

¿No dormiremos en blando?

Es lo que hay. Y si no, vuelta y a Benidorm. Otra opción.

    La tarde de Ribadeo, en la víspera del Camino propiamente dicho, los peregrinos se dispersan en grupos de afinidades seguras entre risas y ocurrencias que ocultan los primeros tanteos del acercamiento mutuo. Una proximidad que el Camino se encarga de hacerla natural y sincera. El Camino es muy sabio. No se anda, se camina, que son dos cosas muy distintas, apunta la peregrina-profe. Una de ellas, hay varias.

Sinfonía de ronquidos

    Con diligencia o torpeza, los peregrinos se acomodan en el gimnasio. Apenas unos comentarios antes de apagar la luz, y finalmente, una sinfonía de ronquidos que se contrapuntean. El peregrino chasquea el curativo del respirar pedregoso, pero al rato desiste: imposible detener esa nocturna polifonía a la que acabará perteneciendo tarde o temprano. Antes de la convivencia del alma, está la del cuerpo. Algunos durmieron como un leño, otros a salto de mata, no faltó quien no pegó ojo. Es lo que hay.

    A las seis de la mañana, el guía oficializó la diana con unas sonoras palmadas y un saludo laudatorio: buenos días, peregrinos. Y cuando tras el desayuno, los peregrinos hacen un círculo de humanidad aún de noche para poner en común la oración, la reflexión del día y el símbolo de la jornada, la respiración empieza a acelerarse, quizá para acomodarse al duro caminar. No habrá gasolineras ni estaciones de servicio en los recodos, ni en un claro del bosque, ni en las suaves colinas, ni en los dulces prados. Un padrenuestro entrelazadas las manos es el mejor carburante hasta el bocadillo de las diez. Acto seguido la expedición se pone en marcha, en silencio, durante la primera hora. Sólo se escucha el sonido de los pasos, el roce de los hules impermeables, el suave golpe de la puntiaguda contera del bastón contra la grava y el sonido de los pájaros, antecedidos por el graznar de los cuervos. Hasta que llegó la lluvia con su persistente tableteo.

    De Ribadeo a Gondán, los caminantes se adentran en una cortina de agua que durante casi tres horas hace inútil la vestimenta apropiada. Uno de los peregrinos que luego resultaría ser un preciado intendente, ayudado de dos bastones para caminar, rumió el primer miedo.

El primer día de camino de Ribadeo a Gondán los peregrinos manchegos avanzaron bajo una inclemente cortina de agua.

El primer día de camino de Ribadeo a Gondán los peregrinos manchegos avanzaron bajo una inclemente cortina de agua.

El guía va con un ritmo fuerte. Es al principio, sólo para calentar, luego se suaviza, le responde otro peregrino tan asustado como aquél. Dicen que el verdadero Camino comienza en Santiago, que lo de antes no es sino una preparación, piensa el peregrino. Y medita en las claves del día: tiene una credencial en blanco que irá llenando a cada etapa, cómo llegaré. Y hay otra credencial, la interior, cómo la llenaré. Peregrinar es desinstalarse, salir de lo cotidiano, mirar con asombro nuestra propia realidad y la realidad que nos rodea, dice el libro de campaña. Y así, sin apercibirse, el peregrino comprueba que los pensamientos empiezan con su giro reiterativo, qué diantres hago yo aquí, esto es una excursión de scouts, maduritos, sí, pero una excursión.

    De repente se acuerda de las palabras del guía en el transcurso de una reunión previa a la excursión: Esto no es una ruta de senderismo, es una peregrinación cristiana a la tumba del Apóstol, aviso a navegantes y preaviso a los desertores. Aun estaban a tiempo. Nadie lo hizo. Qué hago yo aquí… Reflexiones bajo una lluvia inmisericorde… El peregrino ha dejado de andar, ahora, camina.

    A veces callado, a trechos hablando con el peregrino o los peregrinos de al lado, el sendero serpentea por bosques alucinantes, aldeas perdidas donde son recibidos con el saludo de las vacas y los perros de los predios. En suave ascenso, en agradecido llano, en repechos asfixiantes, por asfalto asesino…

El paisaje que alivia

    Y constantemente un paisaje insólito para el caminante de las llanuras en el que se entremezclan como en un colorido caleidoscopio la insignificancia de los caracoles, la profusión de los helechos, la soberbia de los eucaliptos, la desmesura de las flores y el verde obscuro de las colinas, a lo lejos. Imposible ignorar tanta belleza, el paisaje alivia por un momento de los pensamientos pero enseguida se conecta con el gran arcano: Dios o el azar. En el Camino el peregrino se queda con la primera posibilidad-certeza, el Camino es una sinuosidad tubular ajena a las convenciones del mundo exterior, el tiempo y espacio cobran otro sentido y todo tiene un significado nuevo. La espiritualidad está en cada brizna de hierba y en cada gota de rocío. Dios.

Una capilla en A Ponte viene bien para cobijarse.

Una capilla en A Ponte viene bien para cobijarse.

    Y al final de la mañana, después de casi siete horas de caminata, de arqueo vital, de recolocaciones varias… el refugio de Gondán, una pequeña aldea rodeada de amables colinas. La tarde depararía el primer encuentro de choque. Los peregrinos se sinceran. Suele ocurrir que quien se reconcentra en sus pesadumbres se construye inconscientemente un ego sobre el que gira permanentemente. El propio dolor nos hace ignorantes al dolor ajeno.

    El único sufrimiento legítimo es el de uno, los demás son meras comparsas. Hasta que el peregrino descubre que los demás también existen, y que el que más o el que menos camina con su mochila-cruz a cuestas por el Camino. Y por la vida. Cuando la marmita común está repleta de las motivaciones de los 34, hay un sentimiento general de estremecimiento, de “otro” agotamiento, pero también de alivio. La mochila ahora pesa menos, o quizá más, ahora los demás también cuentan, y eso pese a todo, facilita las cosas. El peregrino cuenta con otros 33 bastones de apoyo.

    Al caer la tarde, en el interior del refugio, el guía-peregrino arranca los acordes a una guitarra. The Boxer. Afuera se disfruta de un fresco sol norteño, son jirones, nada más. Un joven alemán hace el Camino de ida y vuelta. Cuando lo encontramos regresa de Santiago hacia Irún. Una amiga suya que no pudo hacerlo por circunstancias personales será la oyente de su historia.

    El muchacho lo hizo para contárselo después a su amiga, y así volver a revivirlo de algún modo. Es una de las muchas historias que asaltarán a los peregrinos.

    El muchacho alemán cenó y desayunó con nosotros. Hablaba inglés, pero entre los 34 había una peregrina bilingüe que hizo de intérprete en más de una ocasión, incluso para descifrar el inglés macarrónico e inventado del peregrino-guía. Lie, lie, lie… cantan los peregrinos emulando a Simon and Garfunkel. Pero en Gondán no hay lies: ha comenzado a perfilarse la verdad.

No prensa, no radio…

    El joven alemán partió hacia el Este, nosotros hacia Poniente. Aún era noche en el valle cuando volvimos a recargarnos de combustible de alto octanaje. La oración principal del cristiano. Círculo fraternal. No prensa, no radio, no televisión, el móvil… ineludible para una comunicación de urgencia o para escuchar música. La de Enya parece compuesta ex-profeso, sobre todo a la hora de la siesta o para conciliar el sueño en la tibia caricia del saco que neutraliza la fría dureza del suelo. La mochila como símbolo. Todo lo que somos y tenemos en ese momento cabe en ella. El Camino es una escuela de la vida, no un paréntesis en la vida. Cómo he llegado hasta aquí, se pregunta el peregrino cuando recala en Mondoñedo. Andando, dice otro para aligerar de profundidad la respuesta. El peregrino dicharachero, extrovertido y de humor expansivo recrea el duro caminar. Pero la risa, ay, es mala compañera cuando la horizontal levanta el lomo. Otro peregrino le ruega que calle hasta llegar a llano. Cómo he llegado hasta aquí. Siguiendo la flecha amarilla que te ayuda a continuar, a no detenerte, a dejar atrás el peso de lo viejo, empujado por el motor que explosiona debajo del esternón. Es el Camino. De Santiago y de la vida, así que andando. Caminando, mejor. ¿Qué aguardará a los peregrinos en la lejana Plaza del Obradoiro?

    Ermitas de piedras grises con su verdín de líquenes se suceden con la cadencia del paisaje. Una de ellas es un buen decorado para retratarse. En Lourenzá hay una parada con pan caliente y fiambre, justo delante de la Iglesia, en una pequeña plaza. Antes de llegar una peregrina resbala en una pronunciada bajada hacia la ciudad. Amortigua el porrazo con la parte blanda. Risas. A veces llovizna, a veces sale el sol, los peregrinos se ponen los chubasqueros y no llueve; se lo quitan y llueve. Puede que sí, puede que no. Es lo que hay. En este trecho de animada charla se habla también de futilidades, en el siguiente, la expedición se va deshilachando a medida que brotan conversaciones que van barrenando las corazas; en los kilómetros que siguen, el peregrino camina solo, en una plácida soledad acompañada, la máquina registradora va sumando, restando, hasta el clinc de la cuenta final. A veces aparece el abatimiento como un dragón escondido tras los helechos, no son dragones gigantes de tres cabezas, sino pequeños como los caracoles que andan por todas partes. ¿Y si el dragón fuera el peregrino? Se oye el rastro sonoro de los pasos sobre la tierra, se siente el agradable amortiguador de la hierba.

Arañando metros

    El peregrino va arañando metros a su destino y se va adentrando en la senda sinuosa de sí mismo. Va en todas direcciones y en una sola dirección, presentida, reconocible. Buen camino, peregrinos, saluda un grupo de ciclistas. Bici, bici, se grita desde retaguardia. Coche, coche, se grita desde la vanguardia, cuando el avance es por el arcén del maldito asfalto. Si hay que cruzar, los guías-peregrinos, el terrenal y el espiritual, lo hacen primero. Los peregrinos se preparan como para una carrera y cruzan raudos a la señal. No se trata de ninguna broma, se trata de llegar vivos, aunque con despojos, pero de otro tipo. Viaje alterno a la velocidad del pensamiento y las sensaciones. El peregrino piensa: no estamos aquí para descansar ni para evadirnos de los problemas. Es cierto, qué me está pasando. Ah, es el Camino, peregrino, el Camino. El camino de eucaliptos, robles, abedules, castaños, y helechos, helechos que te evocan los tiempos primigenios de la vegetación salvaje. En Mondoñedo aguarda el suelo del Polideportivo municipal como único lecho, el sellado de la credencial y las cervezas. Si algo terrenal se ha ganado el caminante es una buena cerveza – o dos, tres…- bien frías, después de toda una mañana de atravesar Galicia, mochila a cuestas. Mondoñedo es una típica ciudad norteña, con sus casas de granito, su solado de piedra, su humedad y su limpieza.

Algunos de “los 34”, en el patio interior de la catedral de Mondoñedo.

Algunos de “los 34”, en el patio interior de la catedral de Mondoñedo.

    Fumar es un incordio en el norte, ¿dónde disparar la colilla? En la Plaza de España está la Catedral y a un lado observándolo todo la figura sedente del escritor, periodista y poeta Alvaro Cunqueiro. Dicen las malas lenguas que don Alvaro no es bien visto por la progresía gallega por su colaboración periodística con la Dictadura… De vuelta al Pabellón los peregrinos contemplan la cumbre inquietante y sinuosa que al día siguiente deberán escalar para seguir avanzando hacia Santiago. Hay tiempo de contemplarla en silencio, asilueteada y oscura al fondo del troquel urbano de Mondoñedo. ¿Cuántos kilómetros de cuesta, cuatro, cinco…? pregunta un peregrino al peregrino-guía. Puede que sí, puede que no, es la respuesta. Después de cenar una extraña serenidad se instala en el interior del Polideportivo. La arcilla humana que se dispone a descansar ya ha sido tocada por el orfebre y va adquiriendo perfiles que se reconocen y que presagian el encuentro. Luego, silentes y con cierta preocupación indisimulada, los caminantes se embadurnan los pies para la ardua etapa del día siguiente, con el temor recóndito a capitular ante una cima inaccesible.

    Las mochilas se distribuyen alrededor de las paredes del Polideportivo. El peregrino se fija, y tiene la sensación de que palpitan, como si estuvieran vivas.

    Autor: Manuel Valero.

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Un pensamiento en “Artículo I: Ribadeo – Gondán – Mondoñedo

  1. Isabel Moraga

    Cuanto más lo leo más me gusta… tan real y tan cercano que parece fue ayer cuando lo viví…

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